Me cago en la pena negra. 2018

Resina de poliéster, fotografía y pelo de perros.
70 x 65 x 16 cm

La única y más valiosa herencia que tuve de mis abuelos Capi y Nana gracias a mi madre,  fueron los retratos que enfrentados a  su cama  custodiaban el lugar donde cada uno de ellos dormía, en mi memoria se mantiene desde su olor hasta mis ganas de bromear mientras dormían. “Me cago en la Pena negra “ era lo que mi abuela soltaba por su boca siempre que algo le sacaba de sus casillas, en realidad era como mi segundo nombre porque en su presencia, esa dichosa frase me perseguía.

Recuerdo como me impactó ir viendo las pupilas de mi abuela cada vez más blanquecinas a la vez que perdía la visión, aunque al final terminó por operarse, fue reacia durante mucho tiempo a hacerlo.  El sentido del humor de mi abuelo era ejemplar y de una finura desbordante, era luz, siempre contento y así lo contagiaba a cualquiera que se acercara a él.

Hace años, pensaba que las personas que poseían animales, tenían una especie de carencia emocional de infancia donde  equilibraban esos desajustes dando a sus mascotas un amor sobreactuado y desproporcionado que veía hasta ridículo, después de tener a mis dos perras, me di cuenta que ese desfase estaba en mi cabeza, porque la compañía y el amor que me regalan, más que difícil resulta  imposible encontrarlo en las personas. Como fetichista diplomado guardo el pelo que se les cae al cepillarlas, a Brisa una preciosa Golden de pelo blanco la tengo ciega por su avanzada edad desde hace un par de años, Coco es de largo pelo negro, mestiza pero muy elegante, alegría y nervio en estado puro. Memoria y presente se funden, las herencias se diluyen con cerebros tintados por el pelo de unos perros, el amor de verdad y con mayúsculas es de una simetría cíclica que asusta.

Me cago en la pena negra.