LIDÓ RICO. UNA HISTORIA DE HOMBRES VOLADORES

Carlos Delgado Mayordomo. 2017

La poesía es un alma inaugurando una forma

Pierre-Jean Jouvé

 

Sacado de su contexto para ser objeto, el cuerpo parece querer escapar del muro que lo aprisiona. Su rostro permanece oculto por una máscara que nos permite ver sus ojos cerrados y una boca angustiosa que, abierta en plenitud, parece emitir un grito sordo. Sus manos se anclan en el pecho, como intentando atemperar un dolor que, ya sea físico o emocional, es vivido en su más alta intensidad. Pero este cuerpo no está solo. Su vivencia expresiva aparece respaldada por otros cuerpos que son, en realidad, el mismo cuerpo. Todos ellos retuercen sus manos y sus rostros buscando el sonido esencial y primitivo del dolor, como un conjunto coral que busca medir la amplitud, la fuerza y el sentido de su dramática polifonía.

 

No es fácil metamorfosear el cuerpo propio en un inventario de otros posibles, como tampoco lo es etiquetar a Lidó Rico (Yecla, Murcia, 1968), artista que desde hace más de dos décadas viene elaborando uno de los trabajos más sólidos y sugestivos del contexto artístico español. Su obra solo puede ser pensada cabalmente tomando en cuenta su preocupación recurrente por el ser humano y el estatuto ambiguo de su identidad en la sociedad contemporánea. Los temas, los medios técnicos y los recursos retóricos que han jalonado su trayectoria han ido perfilando de manera progresiva una indagación sobre los regímenes ético, representacional y estético del cuerpo, si bien su discurso incorpora muchos otros matices que se organizan sobre zonas conflictivas de lo que significa habitar una sociedad basada en la hegemonía del racionalismo.

 

El cuerpo, por tanto, es una poética que nace y renace como el motivo de un verso dominante pero cuya resonancia incorpora, como iremos viendo a lo largo de este texto, otras derivas conceptuales. En cualquier caso, la preeminencia de lo corporal no se ancla en un pasaje narcisista sino en una ampliación de sus usos para convertirlo en herramienta de indagación y compresión de un dilema contemporáneo: el enfrentamiento que supone llegar a concluir que tenemos un cuerpo sin llegar a entender el importante matiz de que, en realidad, somos un cuerpo.

 

Posibilidades de vuelo

 

La exposición de Lidó Rico en el Palacio Almudí de Murcia no es una muestra antológica o retrospectiva, sino que funciona como una suerte de mapa que atiende a la necesidad de documentar algunos de los rasgos más sobresalientes y sustanciales que han marcado su evolución. Es cierto que los mapas son una distorsión de la realidad que los cartógrafos llevan a cabo a través de la escala (lo que implica una decisión sobre cuáles son los detalles más significativos), la proyección (que altera formas y distancias) y el símbolo (elemento gráfico que sintetiza las características de lo real). Sin estas señales, sería tan inútil como el mapa de Bellman en la historia de Lewis Carroll, que pretendía representar el mar sin vestigios de tierra y que, en realidad, era una hoja de papel en blanco.

 

La cartografía imaginaria que plantea la exposición es tan incompleta como cualquier mapa, pero nos permite adentrarnos con cierta garantía de éxito en un territorio tan complejo y que sigue en proceso de expansión como el que ha sido trazado por la voz del artista desde principios de los años noventa. En definitiva, la pertinencia de esta exposición radica en su misma necesidad: el trabajo de Lidó Rico requiere una revisión atenta y precisa, capaz de confirmar su posición absolutamente central dentro del amplio espectro de artistas de su generación que han formulado su actividad discursiva en el examen del cuerpo como lugar de conflictos.

 

Las obras que integran la muestra pueden personarse a través de diversas técnicas, deberse a distintos intereses, pero en todos los casos responden a un programa previo de selección reflexiva de materiales y medios expresivos que busca, por un lado, construir los signos que le corresponden (una voz propia proyectada desde su tiempo) y, por otro, la creación de un discurso que siempre ha apostado por la calidad de las ideas, por sus connotaciones sociológicas e impacto en las consciencias colectivas. Y, como leve hilo conductor que anuda todo el recorrido expositivo, una posible Histoire des hommes volants, título de un libro de representaciones iconográficas que ha acompañado al artista a lo largo de su vida y donde la ficción se revela como escenario legítimo para la especulación acerca de la vida y los deseos del ser humano.

 

Son muchas las posibilidades de vuelo, además de la científica que implica el uso de un artefacto mecánico: tras la muerte; por un elemento mágico; por artefacto llevado por el viento; por ave, imitación de ave o animal fantástico; por rapto de seres extraterrestres o sobrenaturales; por ayuda y guía espiritual; por un sueño; por voluntad de una divinidad. El hombre es, para Platón, un dios que ha perdido las alas y, en el Timeo, las almas menos viles se reencarnan en pájaros y permanecen próximas a lo divino. Esta poética del vuelo es un tema recurrente en la obra de Lidó Rico, desde las líricas y sutiles ceras de principios de su trayectoria hasta sus más doloras y dramáticas obras de los últimos años. Como veremos, su violenta inmersión en la materia es una suerte de descenso al Hades cuyo objetivo es, paradójicamente, abrirse camino hacia lo ilimitado, un viaje hacia el cielo como lugar de operaciones.

 

El instante decisivo

 

Para Lidó Rico la función del artista es doble. Por un lado, debe transmitir y comunicar pensamiento; y por otro, debe generarlo. Para ello es necesaria la consolidación de un lenguaje propio que, en el caso del artista murciano, pasa por un periodo de experimentación pictórica previo a su abandono de la limitación del lienzo como estrategia para generar un espacio real; de este modo, sus obras pronto comenzarán a adquirir un carácter volumétrico, entre la escultura, la instalación y el objeto artístico, opción formal que adquirirá un nuevo estadio a través del desplazamiento de su propio cuerpo hacia la experiencia performativa.

 

En una hermosa obra de 1995 diversas manos dibujan, en su composición conjunta sobre la pared, un amplio círculo. Cada una de ellas porta una bombilla en cuyo interior descubrimos imágenes que, a modo de microrrelatos de fuerte carga simbólica, plantean una narración global donde ningún fragmento puede reclamar un protagonismo exclusivo pues todos funcionan como órganos vitales derramados en el interior de elementos extraños. Estas manos porteadoras de sueños son, en realidad, parte de sus tempranas aproximaciones a una meditación sobre lo que implica trabajar con su corporalidad: cada vez que el artista representa este motivo parte de un molde original propio y no de un sistema de producción en serie.

 

Esa búsqueda de un gesto auténtico, incluso autobiográfico, se consolidará cuando finalmente sea la plenitud más expresiva de su cuerpo (cabeza, brazos, manos, vientre y pecho) la que pase a convertirse en narración. Ahora, concepción y ejecución se unifican en un cruce que advierte de la necesidad de subvertir ciertas nociones que presumen al arte como territorio autosuficiente y acotado en sí mismo. El tiempo de acción se dilata y las  piezas resultantes serán fruto de un violento protocolo de gestación en el que el artista sumerge su cuerpo en escayola para crear un vaciado que luego es rellenado con resina de poliéster. La dualidad del sujeto y del objeto, de lo performativo y lo escultórico, es irisada en ese instante decisivo e irrespirable de ceguera, sordera e inmovilidad que supone bucear en escayola. Un complejo y arriesgado proceso que no solo construye la obra, sino que forma parte esencial de la misma y que, a su vez, plantea un posicionamiento siempre problemático en el que se entrelaza la desaparición y el desvelamiento. El resultado es un cuerpo que duele porque oculta tanto como desvela. Es ahí, en esa encrucijada, donde todo toma su orden y sentido: lo real muestra solamente su huella, pero esta se revela más perturbadora y radical en su resonancia psíquica que la propia matriz original. Aquí radica la transformación que el proceso creativo opera sobre el orden de lo visible. Un arte por y para el hombre.

 

Segunda piel sobre la superficie de lo contingente, limen que usurpa del rostro la carnalidad de lo verosímil, tanto la huella resultante del proceso de vaciado como el objeto que emerge del proceso de rellenado pueden ofrecerse como conceptualizaciones tangibles de la disolución del sujeto contemporáneo. El resultado es un yo percibido como un contracuerpo o como una contradicción en la que la realidad muestra una perspectiva imprevista. Recipiente de connotaciones que nos convierten en el Otro, la obra de Lidó Rico actúa en el umbral tembloroso de la identidad; nos resitúa, en definitiva, para proponer la presencia de una ausencia: ese poder para gritar, para rebelarnos, para decir, que siempre imaginamos más poderoso en el Otro.

 

Imágenes que arrastran

 

La obra de Lidó Rico plantea el dilema del posible desdoblamiento (o multiplicación) de una identidad modélica bajo varias alternativas distintas. Ante estas piezas crea en el espectador la duda acerca de cuál es la auténtica imagen del sujeto, si bien la intención es justamente no ofrecer una respuesta sino alertar sobre los desdoblamientos de un yo que siempre es contenedor de otros. Se trata, sin duda, de una de las propuestas plásticas actuales más lúcidas a la hora de transcribir y amplificar la idea de la disolución del sujeto, la dislocación de la subjetividad, la fungibilidad de las identidades, la contingencia de los roles, la mutación del ser humano, en definitiva, en la construcción de otro ser con nuevos apellidos: abismado, escindido, imprevisto y trascendido.

 

La multitud de voces que resuenan en una obra tan sobrecogedora como “Curso legal” (2009-2010), mostrada en el Museo Barjola bajo la iconografía compositiva del euro y replanteada para esta exposición a modo de tondo, transcribe en su conjunto una violenta orgía de rostros y calaveras que sacude el efecto pacificador de la mirada contemplativa. Todo parece tener, sin embargo, un sentido pleno en un contexto donde las conmociones de la situación económica han ido acompañadas por una progresiva irrupción de la miseria en el espacio público y el miedo a ser parte de lo que, en otros tiempos, era periferia marginal; como ha señalado Teixeira Coelho, la cultura en la que vivimos hoy es, mayoritariamente, la cultura del miedo y “una cultura del miedo es una cultura violenta”.

 

El carácter revulsivo de muchas obras de Lidó Rico obedece a su propio enfrentamiento con una determinada realidad y a su propia indignación moral acunada en el descrédito de la sociedad que le ha tocado vivir. El resultado son imágenes que arrastran al espectador hacia un ahogo que exige convertirse en grito, unirse a una colectividad que desgarra máscaras impuestas e intenta liberarse del peso infranqueable del muro. Porque su grito no es un desahogo autocomplaciente; al contrario, nace de un acto performativo, profundamente íntimo, para convertirse en un reflejo genérico de la necesidad de alzar la voz del ser humano contemporáneo.

 

Como todo gran arte, la obra de Lidó Rico reconfigura su presente, aporta imágenes imprevistas y genera nuevas realidades a través de conexiones inéditas. En este sentido, el artista asume con incuestionable éxito una investigación de la complejidad contemporánea elaborada desde la microesfera de las emociones. Pero, por otro lado, el artista es consciente que de que la creación actual no puede dejar de oír la voz de su tradición y buscar los estratos de una genealogía propia donde, parafraseando a Derrida, heredar es elegir.

 

En su serie Glups, elaborada en 2006, el artista muestra imágenes digitales de grandes piezas de la historia del arte flanqueadas por figuras de resina de poliéster que, como vampiros, tratan de absorber un contenido ajeno. No se trata aquí de reivindicar nuevamente, frente al desencanto posmoderno, el impulso de una modernidad que relaciona las conquistas de la novedad artística de vanguardia con las de la emancipación. Al contrario, en esta serie el artista plantea la problemática de asumir los  logros y fracasos de los movimientos de vanguardia que estructuraron la evolución del arte moderno y plantea la necesidad de destilar esta herencia envenenada como estructura sobre la que sustentar unos fundamentos creativos propios. En este sentido, Lidó Rico ha logrado forjar una auténtica revisión de los discursos suscritos a las zonas fronterizas de lo corporal, anticipando incluso planteamientos formales y conceptuales que posteriormente serán asumidos por otros artistas de su generación.

 

Las preguntas

 

El arte es para Lidó Rico un espacio de libertad, de conquista y de preguntas. Si buscamos en su obra soluciones y sentencias concretas estaremos inmediatamente descaminados. Nunca hay que tomar la imagen creada por el artista como un mero objeto, menos aún como un sustituto de su cuerpo; aun presentándose como semánticamente comprensible, siempre hay que buscar en el trabajo del artista el segundo sentido que esconde. Este sentido no es metáfora ni alegoría, sino resultado de las  interrogaciones que provoca vivir en la exigencia de conocer las claves de nuestra existencia colectiva. La obra de Lidó Rico supone, en su conjunto, una magistral trama reflexiva donde cada pieza, cada acción, busca descifrar la realidad que nos envuelve. Las certezas calman la emoción y acomodan el pensamiento. Las dudas y las interrogaciones son, por el contrario, profundamente perturbadoras. Frente a aquella condena que obligaba a Narciso a buscar ensimismado su imagen reflejada en las aguas, Lidó Rico se funde en la materia para llevar a cabo una imagen especular que es acción, memoria, tiempo, construcción y desmoronamiento. Todo ello le convierte en un artista único, un creador imprescindible.