La vida robada al cielo

Cristóbal Belda. 2015

La obra aquí presentada, identificada con el título de Génesis, forma parte del ciclo el privilegio de la mirada nacido para mostrar el proceso de creación de una obra de arte y su lento proceso evolutivo. El nombre escogido por su autor, Francisco Lidó Rico, viene cargado de simbolismos y es una poética alusión al primer libro bíblico o crónica resumida de la creación del universo y de todo lo viviente como primera epopeya de la humanidad.

En el juego de formas e imágenes escogidos, un ser humano brota de un gran rostro dispuesto para seguir la estela marcada por una mano que muestra al recién nacido el camino de su propia fortuna. La alegoría de la primera escultura, que tuvo a Dios por su primer artífice, vino cargada de un juego de intenciones alusivas al origen divino de las artes y a la capacidad sobrenatural de sus creadores para rivalizar con los dioses y compartir con ellos la facultad de dar vida a los hombres.

En efecto, la invocación al Génesis fue un motivo recurrente de toda la literatura artística que reivindicaba un lugar de honor para el artista en la sociedad de su tiempo. Ese rotundo pasaje bíblico narraba la forma con que la imagen divina se desprendía de sí misma para ofrecerse al hombre, brotando de la materia como una prolongación de su propia existencia. Lo sobrenatural se desdoblaba en una lucha de identidades en el que origen y objeto llegaban a prestarse sus propias formas antes del imperativo mandato de convertir al hombre en dueño del universo.

“Te he puesto en medio del mundo – decía Pico della Mirandola – para que desde  allí contemples, con comodidad, todo cuanto  éste contiene. No te he hecho ni celestial ni  terrenal, ni mortal ni inmortal, para que seas tú mismo, como árbitro y honorable escultor  y modelador, quien puedas darte la mejor  forma que elijas. Podrás entonces degenerar a  la condición inferior de bruto, o podrás regenerar en la condición superior que es divina, extraída del juicio de tu ánimo”.

Los designios del hombre, fiados a sí mismo, le confirieron la facultad de esculpir en total libertad su propia imagen. Tras haber brotado de una cabeza, símbolo de la inteligencia, la fuerza divina de la que procede marca la dirección de todos los mundos posibles abiertos ante sí. La escultura se convierte, pues, no sólo en un fiel trasunto de la realidad sino en una norma de conducta que invita al hombre a seguir el camino de la virtud. Ya Saavedra había comparado un lienzo vacío con una vida todavía por definir y al hombre correspondía la posibilidad de dibujar el cuadro de su propia vida.

La escultura era el único arte que ostentaba la verdadera condición tridimensional del objeto. Decía Cellini que de todas las cosas de la naturaleza el hombre era la máquina más perfecta porque Dios lo hizo tridimensional, es decir, una auténtica escultura y que para hacerla más hermosa la vistió de colores, de forma que el hombre no es más que una escultura coloreada.

La ficción de la escultura ha rebasado, por tanto, la frontera de lo que no es para convertirse en algo vivo y real, en un ser humano que se funde con ella, dejando parte de sí mismo en un proceso titánico que lucha contra la materia La lucha de Prometeo robando la vida al cielo (fue el primero que modeló una figura humana a la que dio vida) parece recrearse en un combate en el que vamos cediendo parte de nuestro ser a la materia de la que procedemos y al final acabamos dominando.

En esa especie de desgarro, en el que la escultura lucha por imponer su ley, espera ser comprendida en su retorno a la vida del hombre como símbolo del barro del que fue modelado.

Y en el transcurso de este proceso el boceto, elaborado en la inteligencia, era la demostración de cómo el escultor había robado la vida al cielo siguiendo el rastro de Prometeo. Los dioses infundían vida a la arcilla de la misma forma que el escultor iba definiendo su obra por medio de pasos intermedios: dibujo, boceto modelado con las manos, boceto de presentación coloreado, anticipador del resultado final, y obra definitiva advertían del mensaje proteico del escultor dando vida a sus criaturas. Esa proximidad y las cualidades de modelado y expresión perceptibles en un pequeño esbozo hacían más real la sensación de vida escondida. Una vida que parecía latir con la misma intensidad en esa simbólica existencia que la admirada en las obras de mayor empeño.

“… Y, por fin, dijo Dios: hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra y domine a los peces del mar y a las aves del cielo y a las bestias y a toda la tierra y a todo reptil que se mueve sobre la tierra…”.

Dios fue pintor y escultor del mundo, poniendo lo blanco, lo roxo, lo negro y todos los demás mesclados entre sí, haciendo una perfectísima encarnación mate y abriendo divinamente sus ojos, dando color de la barba y cabello con tanto lustre y decoro que todo junto hiciese una criatura como cifra y suma de todo lo que había criado  (Francisco Pacheco).