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Fragmentos de la experiencia .

 

La extensión de los límites tradicionales del arte desarrollada por los artistas plásticos contemporáneos, iniciada por las vanguardias históricas, ha modificado profundamente no sólo la naturaleza material de los objetos artísticos, sino que los cambios han alcanzado a toda la secuencia del hecho artístico, desde su génesis conceptual hasta su
recepción e interpretación. En otras palabras, se han establecido diferentes relaciones tanto entre el artista y su obra como entre ésta y el público. Unas transformaciones que han transitado desde experimentaciones más o menos formalistas hasta posiciones estrictamente conceptuales y que, a partir de los años setenta del siglo XX, han derivado en una hibridación de géneros artísticos. A todas ellas las ha unido un deseo de abrir un nuevo espacio de comunicación para el arte, proponiendo como complemento necesario a la apertura formal de las obras, el despliegue de unas posibilidades perceptivas que superasen la mera contemplación pasiva. Sin embargo, la expresión de la subjetividad del propio artista, su presencia en las obras no siempre se ha manifestado explícitamente. Una proyección del universo personal que en los últimos años ha derivado en la multiplicación de poéticas individuales en las que los artistas muestran sus posturas ante su entorno psíquico y social, vital y profesional. El artista abandona el ámbito de la representación de lo externo convirtiendo su trabajo en una prolongación de su existencia, ante la que puede reaccionar con un talante tanto distanciado o irónico como apasionado y vehemente. Actitudes diferentes ante la vida y el arte, pero tras las que subyace un deseo de tamizar las obras de un carácter subjetivo, vinculando dialécticamente la realidad observada con la vivida pero, en todo caso, haciendo que la presencia de ésta imprima sus huellas sobre lo empírico.

La concepción del arte como vivencia fundamenta todo el trabajo de Lidó Rico, no sólo porque en sus obras se manifiesten las huellas de su existencia, sino además por tratarse de un trabajo forjado en las experiencias del existir cotidiano, en un sentir el mundo constantemente, en cada situación, a cada instante. Un sentimiento del mundo en el que no hay lugar para sentimentalismos o nostalgias. Muy al contrario, sus obras, lejos de acomodarse a su entorno, lo tensan violentamente sacándolo de toda neutralidad, de la pasividad de la rutina conectada con lo cotidiano. No es, por tanto, una aproximación a lo real desde lo conceptual sino a partir de lo real mismo, pero desde su reverso. Es decir, las situaciones que tienen lugar en la vida cotidiana son presentadas de un modo tal que se transmutan en hechos inquietantes. Lo habitual adquiere un rostro siniestro, extraño de sí mismo, una identidad casi irreconocible pero en la que aún permanecen sus restos fragmentados. La resina de poliéster confiere a las piezas una apariencia fósil, recurso mediante el que el artista obliga al espectador a excavar en el interior de lo allí acaecido, a indagar en la pulsión de su génesis. Un rastreo hacia el desarrollo del proceso creativo que ha dado forma a esa cotidianeidad extrañada. Las obras se proyectan así en dos direcciones: el proceso creativo y la realidad exterior, dos
ámbitos ante los cuales las obras actúan como signos de la relación que el artista establece con cada una de ellos. En el caso de Lidó Rico perfilan un recorrido sin solución de continuidad.

El proceso de concepción y ejecución de las piezas no es para Lidó Rico una fase que antecede a la pieza final sino que en su trabajo ambos momentos se identifican. La distancia entre la obra y el autor se anula totalmente. No hay modelos ni montajes. El artista es su propio modelo, es él quien físicamente se plasma en la obra pero no mediante el modelado del cuerpo con las manos, sino introduciéndose físicamente en el molde de la escultura. El vocabulario de la vista y las manos deja paso al lenguaje total y directo de lo corpóreo donde lo físico habla por sí mismo sin ningún intermediario. El artista no trabaja frente a la obra sino que se mete plenamente en ella. Cada acto creativo adquiere un cierto tono ritual, como un bautismo por inmersión. Actos que permanecen en el ámbito de lo privado, en el marco de la relación íntima que establecen el artista y su obra. El resultado son las huellas de este diálogo. Una relación en per-manente conflicto. El taller, el molde son para Lidó Rico un metafórico campo de batalla en el que se imprimen las huellas del desasosiego de la existencia cotidiana, el cerco donde se libran los combates de las contradicciones. Es el lugar en el que brota lo repri-mido, lo oculto en el cerco cotidiano del hábitat. En lo físico no hay representaciones ideales, cánones o medidas. Todo es desnudez, testimonio directo de un proceso creativo emanado de la angustia. En este microcosmos existencial no tiene cabida el simulacro de lo real que se expande por sus márgenes. Con una obra autobiográfica sin complacencias, el artista manifiesta mediante sus esculturas, que son continui-dad de su cuerpo y sus pasiones, un desasosiego vital en el que todas las vivencias se van acumulando no sólo en su mente, sino también sobre su entorno.

Pero el cuerpo resultante es un cuerpo fragmentado, despedazado por los efectos de esa realidad inevitable. No hay escapatoria. El artista contemporáneo renuncia a las pretensiones de fundar nuevos absolutos. Esto nos conduce a ese segundo nivel de proyección de las obras: su relación con el entorno. Si las categorías estéticas clásicas, esto es la belleza, pero también lo sublime o lo pintoresco, siempre aludían a una relación positiva con la obra, era porque desde éstas se establecía una relación de armonía con el mundo. El placer es un placer positivo, incluso en lo sublime, pues la distancia requerida siempre ponía al espectador en una posición de seguridad. Pero ahora la distancia se ha suprimido completamente, lo físico actúa sin mediaciones desarmando al espectador de refugios contemplativos. La negatividad es reclamada por lo artístico como respuesta al simulacro de lo real. Si en la realidad es la ficción la que anula la comunicación y la experiencia de lo real, Lidó Rico acude a la realidad descar-nada para incitar a esa vivencia desaparecida en la sociedad del espectáculo. A partir de estos fragmentos de la experiencia va configurando espacios depositarios de los restos de su trabajo creativo, de su desgarrada mirada del mundo.

Roberto Castillo Soto