Lidó Rico. Alternancia
y conjunción
"Toda obra es una unidad que establece un equilibrio
entre
lo que se ve y lo que se oculta a la mirada." Lidó Rico.
Dos son, a mi entender, las características que han definido el
transcurrir, largo de más de década y media, del trabajo
de Lidó Rico: alternancia y conjunción.
Alternancia de un mundo exterior y otro interior, que confluyen, inversamente
a como querían los surrealistas, hacia el crédito extremo
de la realidad, que ignoran a la vez que la conciben.
Alternancia formal de lo que se muestra y se oculta, de lo que se tapa
y lo que asoma, de lo que se sumerge y lo que salta a la superficie. Alternancia,
también, en aquello que Christine Fontaine definía, hace
más de diez años, como una de las preocupaciones centrales
de Lidó: "[Una] reflexión muy sutil sobre lo que abre
y lo que cierra; un camino mental hacia la libertad del acto."
Alternancia, en último caso, según la definición
de María Moliner: "específicamente, fenómeno
de alternar en un mismo animal o planta la generación sexual y
la asexual", que podríamos aplicar a los humanoides en los
que se autorretrata y a ciertas máquinas que recuerdan a las que
encierran funcionamientos simbólicos.
Conjunción, a su vez, de memoria encapullada y de descoyuntados
fragmentos corporales.
Conjunción de acciones inmediatas, premeditadas y fulminantes y
su plasmación paralizada, "de una pieza", vamos.
Conjunción, por último, enlace de dos elementos que cumplen
una misma y única función. Función que, en este caso,
yo diría que es tanto instrumental como dramática.
Convendría igualmente señalar que esa "libertad del
acto", señalada por Christine Fontaine, resulta equivalente
a la elección de los procesos y, a la vez y paradójicamente,
consonante a la sumisión que Lidó Rico rinde a los materiales.
Las obras que ahora muestra en el Palacio Aguirre responden, según
creo, a esa dualidad de alternancia y conjunción. Alternancia cronológica,
pues veo en ellas, sino un retorno, si un replanteamiento de opciones
exploradas, como luego analizaré, en sus primeros años de
actividad pública. Conjunción, también, de los que
han sido sus motivos centrales de preocupación: el presente interpretado
y la reminiscencia inventada.
En los últimos cuatro o cinco años su producción
casi exclusiva han sido situaciones o coreografías en las que él
mismo, sirviéndose de su propio cuerpo, ha sido el intérprete
de una dramaturgia de la aflicción y el tormento, cuando no de
un absurdo vecino al mudo sinsentido becketiano.
Bien podríamos decir que durante casi un lustro el artista ha protagonizado
un torturado procedimiento de inmersión en distintas materias dolorosas
a la búsqueda no de una representación de la propia identidad
y sus cuitas, sino como modo de hacer surgir, de ese barreño amniótico,
las vivencias del poblado escenario del ahora.
En Los Voayeurs, fechada éste mismo año, sus autocriaturas
observan el proceso de inmersión e incubación que conduce
al parto.
Constituyen, por así decirlo, instalaciones de amplio aliento -tan
amplio como el gesto brutal de aspiración e inspiración
que distingue a la inmensa mayoría de sus máscaras-.
A principios de los años noventa, sin embargo, como en ésta
muestra, sus creaciones eran de dimensiones mucho más reducidas.
De contenidos minúsculos. Interesadas, además, en la deformación
perceptiva. Se turnaban, además, aquellas en las que intervenían
fragmentos corporales extraídos de moldes -específicamente
un dedo de Lidó Rico y su mano amputada a la altura del metacarpo-
con otras, carentes de partes anatómicas y que cabe inscribir en
la estirpe del collage objetual.
Las más próximas a las actuales conformaron, en 1996, sendas
instalaciones en la Sala Carlos III, de la Universidad Pública
de Navarra, y en las galerías Espacio Mínimo, de Murcia,
y DV, de San Sebastián.
"Un montaje en el que una multitud de manos, en distintas posturas
y colores, se sitúan por las paredes de la galería como
si emergieran de ellas. Todas sujetan o una lupa o una bombilla, ambas
de resina transparente, que encapsulan objetos, formas o estructuras a
través de las cuales se puede descubrir como es subvertida la realidad."
"Las lentes cuestionan la realidad y hay en ellas un punto de subversión
grande" , declaraba, por su parte, el artista.
Lupas que conformaban una de las pocas piezas en las que no intervienen
ni él directamente ni hay tampoco imágenes corporales añadidas,
El martirio de San Miguel, realizada hace diez años.
Las imágenes adjuntas le permitían la inclusión del
tiempo. Cual si elaborase notas sobre un pasado inverosímil, compuesto
únicamente de recuerdos encubridores.
Atmósferas agrupa, en secciones determinadas por unidades de color,
esferas materializadas en resina de poliéster, en cuyo interior
Lidó ha introducido imágenes procedentes de antiguas revistas
o extraídas de Internet.
Son habitantes semiinvisibles del vientre de las esferas. Moradores de
globos menudos en los que disponen de muebles -una cama, un sofá,
algunas sillas- como ellos mismos nublados por el peso del tiempo. Lo
que para él ha sido bucear en el presente, se troca para estos
recuerdos inventados en ocupar diminutas fosas.
Los títulos remiten tanto a su cromía como a cierta voluntad
que el escultor enuncia: Atmósfera acuática -en la que el
personaje principal, como no podía ser de otro modo, se zambulle-;
Atmósfera cítrica -en la que los intérpretes humanos
imitan a los actores animales, el mono o la rata-; Atmósfera roja,
Atmósferas cálcicas -la más numerosa, con un total
de 112 piezas componentes- o Atmósferas complementarias.
Han sido concebidas y organizadas secuencialmente. Un procedimiento semejante
al que seguía en sus orígenes, cuando, como describía
Danvila, ocupaba con sus diminutos objetos y pequeñas manos cortadas
el espacio todo de la galería en la que se exponían.
Un "efecto de multiplicidad y dispersión" señalado
por Javier San Martín en un lúcido texto, que ha empleado
desde esas obras primeras hasta la desmesura de The Factory, completada
este mismo año y que reúne setenta y dos figuras que realizan
todas distintas actividades indistintamente peregrinas y anómalas.
El factor final de conjunción muy posiblemente sea lo agobiante
y, a la vez, absurdo de éstas atmósferas. Lo que ayer fue
bucear en la escayola es ahora respirar un aire saturado de resina. Enrarecido
y asfixiante.
Mariano Navarro
Noviembre de 2002
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