Abriendo las ventanas.
Uno de los cuentos cuya lectura más me ha impresionado
y conmovido hacía referencia a un maestro pintor oriental que paseando
por un jardín hacía comprender a su discípulo dónde
y cómo se identificaba la belleza en la naturaleza. Su intención
pretendía hacer comprender al discípulo que el auténtico
arte no era pintar un junco, conseguir una adecuada representación
de éste, sino que en el lienzo naciera un junco. La misión
del artista no era la de copiar la naturaleza, sino la de crearla. El
papel del artista como hacedor nuevas situaciones y realidades no ha cambiado
desde Confucio.
Dos mil quinientos años sólo han servido para que intentemos,
aún sin éxito, com-prender que la naturaleza no es imitable.
Que la visión de un artista debe perder cual-quier prejuicio colateral.
El autor de aquel cuento es un artista contemporáneo verdaderamente
conocido que se
ocultaba tras un pseudónimo de propio irreproducible. Él
reflexionaba sobre las preo-cupaciones, obsesiones y objetivos que separan
Occidente, representado por El naci-miento de Venus, y el paciente trabajo
de un jardinero, pongamos Tao Lin. Indudablemente es verdaderamente complicado
encontrar ese nivel de pureza, esa visión global del mundo entre
los artistas contemporáneos occidentales. Aún más,
la globalización está consiguiendo que una negativa contaminación
estética llegue allí donde durante siglos, el creador gastaba
su vida criando un bonsai. Resulta difícil hallar
un principio que invite al creador a olvidarse del entorno como referencia
y que éste se oculte en su interior, a veces inconfesable, o en
su memoria. Las vivencias son materias
primas desde las que el artista construye una copia, réplica o
crítica social. Hay quien busca, con torpeza anacrónica,
reinventar la naturaleza, representar la realidad a través de múltiples
filtros que ocultan ingenuamente el conjunto de saberse no-creador, buscar
en la órbita lingüística o en la semiótica respuestas
racionales y empíricas a hechos que sólo se pueden explicar
desde el interior de cada cual.
Unos y otros posiblemente consiguen a lo largo del maratón con
obstáculos que suele
ser la vida de un artista, alcanzar ciertas cotas de satisfacción
espiritual. Algunos llegan
a conseguir retos concretos como el aprendiz a Mesías de Ilusiones
cuando logró que una pluma no se plegase a las leyes de la gravedad.
Pero aun tales situaciones están lejos de conseguir que un junco
nazca en un lienzo. Este misterio sólo está reservado a
ciertos visionarios. Lidó Rico es uno de ellos. Sus objetos encontrados,
son semillas; sus fotos, los tallos, sus dedos y manos, el agua; sus bombillas,
la imaginación; sus personajes ingrávidos en escenas oníricas,
los juncos.
Él no describe situaciones, no relata historias,
no repite romances o ayes, acaso abre la ventana para inventar, en cada
objeto y en cada obra, una visión única e irrepetible del
mundo. Su visión no es distante sino poética, no es excéntrica
ni rebelde, sino plausible y paciente. Su mirada me recuerda a la de un
maestro pintor oriental que enseñaba a su discípulo a sembrar
juncos.
Fernando Francés García
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