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VANITAS Y NOCTILUCOS

Se escuchaban los chillidos femeninos, el llanto infantil y los alaridos de los hombres; unos llamaban a sus padres, otros a los hijos o esposas, intentando reconocerlos entre los gritos. La gente lamentaba su hado o el de sus parientes, e incluso persona hubo que deprecó la muerte ante la espantosa agonía. Alguno invocaba la ayuda celestial, pero la mayor parte consideraba huidos a los dioses y el universo abocado a una eterna e inmutable oscuridad.

Así relata Plinio el Joven a Cornelio Tácito el segundo día de la erupción del Vesubio (25 de agosto del 79) y el temor de las víctimas aún hoy sobrecoge al contemplar los petrificados cadáveres que brotan de la negra roca volcánica. No extraña su espanto ante la eclosión de piedra y ceniza que oscureció el cielo y cubrió casas e individuos. Tampoco asombra su angustia ante la tragedia ni el miedo atávico de las víctimas a la oscuridad: eso cuentan tantos mitos de la creación. Asimismo la ciencia afirma que en su origen el Universo era opaco y tenebroso. Hubo de esperar a su expansión para “hacerse la luz” y, combinada con la materia, estabilizar el vacío, penetrar la vida. La misma que originó esas fluorescentes cianobacterias que pueblan las fosas abismales.

¿Cómo no rememorar el terror de los pompeyanos al introducirse en esta cripta donde el visitante lidia con los espectros que trascienden la piedra? Hades umbrío que incita a la meditación sobre la vanidad social y la soledad íntima, catacumba donde acechan caras atormentadas y calaveras apiladas.

La puerta del averno que se abrió para aquellos latinos un nefasto día la preludian los espectrales cráneos que dan la bienvenida en el descenso a los infiernos al que impele Lidó. La necrópolis recibe al osado visitante con cráneos iridiscentes habitados por diminutas figuras, recuerdo postrero de la última percepción que tuvo en vida. En los globos de este calvario late un ámbito de vida, pálpito del pasado.

A medida que se abisma el visitante en ese espacio, noble cual calavera, se empapa sin solución de continuidad en un bucle inmaterial de luz – tiniebla – fluorescencia. Gracias a esa luminosidad evanescente fosforece en el vientre de la tierra la resina de los bustos gimientes, glaucos ectoplasmas que alteran la experiencia sensorial. Una atormentada gestualidad recuerda la secuencia estética que funde los cuerpos encapsulados por el volcán con los torturados gestos del Juicio Final de Miguel Ángel y la ascesis pictórica de Malevich. Con la eficiencia de un clásico, con la contención de un Nuevo Viejo Maestro, Lidó aúna la vanitas trágica, la culpa renacentista y la depuración contemporánea.

Esta meditada representación estabiliza anímicamente la inmersión en el vacío y las tinieblas, concilia sensación turbadora y razón objetivadora. Los destellos vivifican los ojos ciegos y las bocas áfonas, nutren el fósforo que esclarece el camino hacia la macabra sala final, donde las diminutas calaveras luminiscentes acechan cuales noctilucos abisales.

Esta lidita –poderosa piedra de toque- escenografia ausculta la oscuridad y el temor ante la destrucción y la muerte. No confirma Lidó una solución, es imposible, pero explora el efecto sobre la vida y la psique. Satisface la necesidad emocional de objetivar la tensión y asomarse a lo insondable para sobreponerse. Tal distanciamiento intelectual no demuele la caliginosa gruta de la angustia, si bien la convierte en una cripta de fascinante aura que la hace soportable.