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PROVISIONARIO.

Catorce arcos forman una tribuna de tres pisos. Los autorretratos se distribuyen.
Hoy proliferan más espacios expositivos que días tiene el año, supongo que si esto es sintomático de algo no es por la razón precisamente obvia que supondría un enorme florecimiento cultural; basta con echarle un vistazo a los espacios que determinados arquitectos plantean como expositivos, auténticas ciénagas de arquitecturas tullidas, que de la mano de sus aduladores o mentores, viven en la más absoluta periferia racional, fuera de la realidad, pero eso sí, bien comidos gracias a un misticismo de medio pelo, son a mi parecer comportamientos delictivos que no solo atentan contra los que trabajamos con el espacio, sino también contra todos los que transitamos por ellos. Canallas.
El Horno es una excepción.
El Horno es una isla.
El Horno de la Ciudadela, es uno de esos pequeños lugares que escasean, un espacio para el desvelo que insta a cualquiera a realizar un viaje en el tiempo, a revisar un casi tangible pasado, tan denso y emocionante como pocos.
Bin llega tarde y me desespero. Mirando a los paseantes desde el bar- pecera del hotel el tiempo se ralentiza, tampoco tenemos que ser los primeros en llegar, pienso. Suena el teléfono, aparece Bin, un escueto saludo y enfilamos el camino hacia la sala. Al llegar, una invisible niebla nocturna se hace patente cuando abraza las luces repartidas por el parque, el frío reclama el espacio que vamos ocupando y a lo lejos el atrincherado espacio circular, impasible y sereno, como si tuviera perfectamente asumida la mudanza que el tiempo le ha reservado.
Mucho trabajo, días de insomnio, se ve tan lejano el comienzo de la pieza que lo mejor será esquivar ese colérico momento, los comienzos siempre son complicados.
No recuerdo cuando empecé a utilizar las resinas, siempre transparentes, el milagro va implícito en ellas, si el agua es una elemental forma de vida orgánica, estos materiales me dispensan todo lo necesario para que mi mundo paralelo se alimente.
Carne y pan, pan y carne, hambre-hombre, no color, color de vida, concepto que hipnotiza, se impone, resuena y ensordece hasta la locura.
Somos blandos.
Llegamos a la puerta, la luz invita a pasar, Bin accede rápido, con destreza, como si no fuera la primera vez. En la puerta todavía estamos algunos recién llegados horadados por el frío. Entramos.
Recuerdo los primeros sumergidos del “provisionario”, el espantoso calor del estudio hacía que encontrara en los baños de escayola una especie de bálsamo frente a un ambiente tan sofocante.
Alguien dijo hace tiempo, que una línea, es una fuerza que toma prestada la energía de quién la traza, esos sumergidos también son líneas, arrancan literalmente no sólo la piel y el bello del cuerpo, además, te atrapan hasta el último aliento porque el turbador proceso de ejecución, no da márgenes.
Los autorretratos se dispersan por el espacio, el ojo se solivianta, se descompone y busca el amparo ladrillado de la imponente cúpula. Penumbra.
La cabeza baja lentamente, una curiosa mirada recorre el anillo, como el ojo necesita cordura frente a ese circular cisma, se detiene en objetos concretos descansando quiméricamente en un cráneo, una máscara, una cuerda, un libro, pan, mucho pan, fusiles, cajas llenas de oscuros secretos… en ese instante el primer impacto se desvanece. Bin se aproxima sin titubeos a una de las mesas : un teléfono descolgado, el semblante del individuo que se cubre el rostro con sus manos, un trozo de pan y la mente del espectador se inunda de posibles, quizá esté aliviado, afligido, conmocionado… no sé, lo único cierto es que quién ha provocado toda esta reacción está al otro lado del auricular y seguramente todavía esté esperando una respuesta. Después de analizar esta pieza en concreto, percibe que su insoportable historia sólo acaba de empezar, el inevitable desenlace ha quedado suspendido, congelado en una perpetua interrogante.
Muchedumbre. La densidad que produce el conjunto desemboca en una urgente necesidad de respuestas pero del secreto vas al enigma y del misterio al rompecabezas. Penumbra.
Ensimismados, los autorretratos viven su soliloquio, instalados en sus mesas resultan engullidos por su absorbente ocupación. Catorce arcos forman una tribuna de tres pisos. El viaje continúa, el torbellino humano se desintegra en un glosario de insurrecciones, comen, asolan, expurgan, desvelan, funden, interpretan, abominan, revientan, implantan, dibujan, detonan, embalan, dudan, birlan, se estorban, se irritan, se desvelan, remontan y caen, mencionan y omiten, remiten y retienen, hoquean y macizan, fabrican, inagotables fabrican. Provisiones.
Inmediatamente uno de esos irritantes trabajadores reclama su interés, un sujeto sin rostro, un sujeto que se arrancó su propia faz y que ahora modela, la transforma con sus propias manos. Bin se acerca con determinación, la resonancia de sus zancadas bien calculadas llaman nuestra atención, atisbamos que ha encontrado alguna respuesta pero nuestro pronóstico se desmorona porque su mirada escudriña y recompone cada centímetro de la pieza sin cosechar evidencias que su cara delate. Despavorido sigue buscando respuestas pero un extraño semillero de interrogantes se agolpan en su cabeza.
En el recinto se fabrican provisiones, es una empresa familiar, en realidad todos los empleados son la misma persona, un hombre son todos los hombres y ahora todos duros, inalterables al tiempo e inagotables en apariencia, sentados y sometidos a la austeridad del trabajo. En diez metros de diámetro, catorce arcos forman una tribuna de tres pisos. La pieza mantiene un perpetuo discurso porque nunca se ha terminado, es como aquel inacabado como acabado absoluto que argumentaba un pintor clásico, no recuerdo quién.
Las pro-visiones se encargaron y tienen fecha de salida porque el sudor que rezuman los hastiados, así lo indica. Aunque Bin tiene sus dudas, quiere aprovechar hasta el último momento la peregrinación circular de hoy, sabe que esta noche, a todo lo más tardar mañana, los mercenarios recogerán sus pedidos y la urgencia de alguno de esos facinerosos le impedirían seguir disfrutando por la mueca de su cara, de su ya conquistada respuesta.