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POETICS OF DISTANCE.

If before the obsession circled around imprisoned by an idea: the initial representation of the hand and fingers, one thousand and one times reproduced, at times in their ritual and explicit mutilation -as if of some suspended writing they refered- others, appearing on the threshold of a possible mutation, heralded by the shadow of fire that lights up the work like a torch until transforming it and in that way making it disappear, now, the new works that Lidó Rico is showing are orientated in a more allegorically narrative direction in the
sense that they introduce a series of elements that, albeit homogeneous from the point of view of the composition, make explicit a concept of writing dominated by a limit that regulates the different aspects of the work with extreme rigour. Effectively, for one thing the decision on the series of materials: resines, lenses, mirrors, etc., now suggests the poetics of distance, that is to say that they reinvent a place from which the look sacrifices the illusion of natural vision and is orientated by means of tricks and mediation.
From another point of view, the graphic inscription of figurative references on which the work concentrates, suggests a moment of an impossible story, substracted now under the guise of optical impresion or illusion, thus transfering it to the world of dreams or an invented one, a kind of magic serialized story in which the reader never gets to reconstruct the sequence, maybe because this would be impossible.

There has been a constant in the work of Lidó Rico, a concept or aesthetic disposition that does not only mark his language but also orientales it towards permanent experimentation. lt does not refer to the visual distance which I mentioned above; not even that irony that often accompanies his work, always at the limit of such a fragile balance that it could disappear at any moment but rather of an idea of the time of things and his vision.

It is as if he made his own the “c’est le desastre obscur qui porte la lumiere” of Blanchot and that he ends up lighting premontorially, as if the instant of the representation were some threat. It is the look that borders the abyss and that, not even in dreams, recognizes a safe place. It must be because of this that Lidó Rico insists on the interior fragilness of the work and its representation. There is no safety system at hand. And when the writing becomes more narrative, the mediation of the trick appears, either graphic or material, as if wanting to point out the distance. If not, what else would this series of barroque, illusion·like devices that play at making transparent and veiling, want to mean, in a kind of offering and occulting, like the brief moments of “Wunderkammer” or optical chamber, a story told. The protection of the lenses comforts us facing the illusion and inspires once again that scepticism
that does not exactly love the evident.

Perhaps this is the ethical lesson of Lidó Rico. Walter Benjamin had noted it in the Barroque drama: “AIIegories are to the realm of thought what ruins are in the realm of things”. This writing of what once was or what now cannot be recreates a labyrinth of moments and illusions in which the loss and dispersion of the unity of the world or the story drift towards a form of allegorical representation that, as we already know, is the inaccessible soul of things and rules the discoursive system of the modern. lt is precisely the allegorical that produces the surface line of the fragmentary, it is its discourse. From here, this escape and representative passion, gesture, delirium, invention of infinitive forms, that, together make up another order of things in which -as if it was about a hall of mirrors- the look gets lost without any recognition of the truthful. What we have left, it is true to say, is the solace of the vision itself, suspended here by the offering hand that Lidó Ricó recreates and installs over and over again as an allusion to this work. Perhaps not all art is representation.

POÉTICAS DE DISTANCIA.

Si antes la obsesión circulaba prisionera de una idea: la inicial representación de la mano y los dedos, mil y una vez reproducidos, unas veces, en su ritual y explícita mutilación -como si de una escritura suspendida se tratara-, otras, asomándose al umbral de una posible mutación, anunciada por la sombra de un fuego que incendiara como antorcha la obra hasta transformarla y hacerla así desaparecer, ahora, los nuevos trabajos, que Lidó Rico presenta, se orientan en una dirección más alegóricamente narrativa, en el sentido de introducir una serie de elementos que, aun siendo desde
el punto de vista de la composición homogéneos, explicitan un concepto de escritura dominada por un límite que rige con extremado rigor los aspectos varios de la obra.
En efecto, si por una parte la decisión sobre la serie de materiales: resinas, lentes, espejos, etc., sugieren ya una poética de la distancia, es decir, se reinventa un lugar desde el que la mirada sacrifica la ilusión de la visión natural y se orienta por la vía del artificio y la mediación; por otra, la inscripción gráfica de referentes figurativos, sobre los que se concentra la obra, sugieren el momento de una historia imposible, sustraída ahora bajo la forma de impresión óptica o ilusión, lo que la traslada al mundo de lo onírico o inventado, una especie de historia mágica por entregas, sin que
el lector alcance nunca a reconstruir la secuencia, quizá por ser ésta imposible.

Ha habido una constante en la trayectoria artística de Lidó Rico, un concepto o disposición estética que no sólo marca su lenguaje sino que orienta una permanente experimentación. No se trata tan sólo de una distancia visual a la que antes me refería; ni siquiera de aquella ironía que acompaña con frecuencia sus piezas, siempre al límite de un equilibrio tan frágil que pueden en cualquier momento desaparecer; sino más bien, de una idea del tiempo de las cosas y de su visión. Es como si hiciera suyo el blanchotiano “c’est le desastre obscur qui porte la lùmiere” y que termina por
incendiar premonitoriamente, como si de una amenaza se tratara, el instante de la representación. Es la mirada que tienta el abismo y que no reconoce, ni siquiera en el sueño, un lugar seguro. Debe ser por esto que Lidó Rico insiste en una fragilidad interna a la obra y a su representación. No hay un sistema de seguridades a la mano. Y cuando la escritura se hace más narrativa, aparece la mediación del artificio, sea gráfica o matérica, como queriendo señalar una distancia. Qué otra cosa quieren decir si no esa serie de dispositivos barrocos e ilusionistas que juegan a transparentar y
velar, en una especie de darse y ocultarse, como en los breves momentos de la Wunderkammer
o el gabinete óptico, la historia contada. La protección de las lentes nos reconforta ante la ilusión e inspira de nuevo aquel escepticismo que no ama precisamente las evidencias.

Quizá sea ésta la lección ética de la obra de Lidó Rico. Lo había anotado Walter Benjamin a propósito del drama barroco: “Las alegorías son en el reino del pensamiento lo que las ruinas en el reino de las cosas”. Esta escritura de lo que ya fue o de lo que ya no puede ser recrea un laberinto de momentos e ilusiones en los que la pérdida y dispersión de la unidad del mundo o de la historia deriva hacia una forma de representación alegórica que, como sabemos, es el alma inaccesible de las cosas y rige la estrategia discursiva de lo moderno. Es la alegoría la que produce justamente la línea de superficie de lo fragmentario, es su discurso. De ahí, esa fuga y pasión representativas, ese gesto, delirio, invención de formas infinitas, que, en su conjunto, construyen otro orden de las cosas, en el que -como si de una galería de espejos se tratara- se pierde la mirada sin ningún reconocimiento verosímil. Nos queda, bien es cierto, el consuelo de la visión misma, suspendida aquí de la mano oferente que Lidó Rico una y otra vez recrea e instala como alusión a su obra. No acaso todo arte es representación.