© COPYRIGHT 2016. LIDÓ RICO

LIDÓ RICO’S STIFLED CRY.

In Lidó Rico’s pieces there are a great number of questions which locate his work on an uncertain level, a state that in most of the cases becomes suspicious. There is something disturbing that makes us be on tenterhooks when we see the frontal crash that the artist suggests, because the frontal point of view and the apparent immediacy of his work are just traps spectators fall in inevitably. His work is a very special interpretation of everyday life, but always under the shadow of intense and disturbing feelings. We wit ness a progressive alienation of the human being that materializes in shapes taken from daily life hiding unequivocal signs of a dramatic presence. But Lidó uses humour and irony to build the middle spaces where everything takes place, because
his language is full of double senses and metaphors about the future of our existence.

A great part of Lidó Rico’s artistic universe is based in the creative process, where we can fin the essence and germ of his conceptual intention. Lidó uses polyester resins to build his faces and masks. In order to do that he buries his face into liquid plaster to create casts. I like to imagine the artist holding his breath to carry out this performative act, because it has a high content of performance, of a greatly expressive experience. This act implies a high level of tension and the
result is the evident translation of a marked physical effort that distorts features and adds disturbing nuances. Thus, the artist shows his link with traditional materials and strategies, because in his work, Lidó reveals some degree of nostalgia. He does not want to forget tradition as an artistic creation or as it refers to our relationship with a constantly changing environment, an environment that favours a more noticeable isolation, a devastating secretiveness.

Part of the last works the artist exhibited in the Consistorio de León under the title Locutorios and that we can see now in the Palacio de San Esteban reach an important dramatic level. Previous Lidó’s works were interpreted as little emergent protuberances, signs that subtly stack out from the wall, almost as bas-reliefs. These new pieces jump out of the wall trying to meet the spectator in diagonal trajectories and fragile directions with a highly three-dimensional sense. It seems that Lidó subverts in his own way the Renaissance canon of contemplation that avant-gardes destroyed, and, as I referred at the beginning of this analysis, to the frontal point of view, the one that forces us to stand in front of the work of art, as if it was an Albertian window. That makes us
feel threatened by those shining beings that seem to be thrown out of the wall. This is Lidó Rico’s trapt hat strikes and disturbs us, surprises and frightens us. He uses a stage resource with a high dramatic reliability. I remember that recent canoe, Explorer 515-516, that walls spitted violently. Behind that normal appearance of the reason, the banality of the subject, a canoeist making a great effort to advance violently, there is a tormenting plot, something that we can notice in the character’s face.

Telephone booths. Cold and gloomy places that arose together with the phenomenon of immigration, telephone booths are spaces to contact with relatives or friends in home countries at very reasonable prices. Lots of these premises have become a meeting point for different communities, but at the same time lots of them are a desperate option, the urgency, the need to talk to somebody. Telephone booths soon become a synonym for loneliness and in many cases they imply violent connotations, because they take the subject to a limit experience. Lidó Rico stresses the figure of the telephone, directly related to telephone booths, and he describes it as an indivisible extension of our own body, a prosthesis, another joint. For the artist communication, or
in this case the lack of communication, is one of the most evident symptoms of human alienation. Talking on the phone is one of the most logical everyday experiences. In this sense, the telephone is a basic tool in Lidó’s vocabulary, an accurate and precise weapon.

EL GRITO AHOGADO DE LIDÓ RICO

Hay en la obra de Lidó Rico un buen número de interrogantes que sitúan su trabajo en un plano de incertidumbre, un estado que en la mayoría de los casos deviene sospecha. Hay algo inquietante que nos hace permanecer en vilo en ese choque frontal que propone el artista, porque la frontalidad y esa aparente inmediatez que desprende no son más que trampas en las que el espectador cae indefectiblemente. Su trabajo responde a una interpretación muy particular de lo cotidiano, pero siempre bajo la sombra de intensas sensaciones turbadoras. Asistimos a una progresiva alienación del ser humano que se materializa en formas extraídas del imaginario cotidiano tras las que se esconden signos inequívocos de una presencia dramática. Pero Lidó utiliza el humor y la ironía para construir los espacios intermedios donde todo transcurre. Porque el suyo es un lenguaje sutil lleno de guiños y metáforas en torno al devenir de la existencia.

Gran parte del universo artístico de Lidó Rico está fundamentado en el proceso creativo, en el que reside la esencia y el germen de su intención conceptual. Lidó trabaja con resina de poliéster para construir sus rostros y máscaras. Para ello, se sumerge en el yeso líquido para crear el molde de su propio rostro. Me gusta imaginar al artista conteniendo la respiración para realizar este acto preformativo. Porque aquí hay mucho de performance, de experiencia gestual de notable intensidad. Ya este acto implica un alto grado de tensión y el resultado es la traducción evidente de un marcado esfuerzo físico que desvirtúa facciones e incorpora inquietantes matices. De esta forma, el artista muestra su vinculación con materiales y estrategias tradicionales, porque Lidó revela en su trabajo un cierto grado de nostalgia, empeñado en no olvidar la tradición no sólo en cuanto a la creación artística, sino también en lo que se refiere a nuestra relación con un entorno en constante transformación, un entorno que propicia un aislamiento cada vez más pronunciado, un hermetismo desolador.

Parte de estas obras últimas que el artista ha expuesto en el Consistorio de León bajo el título Locutorios y que ahora presenta en el Palacio de San Esteban alcanzan un considerable nivel dramático. Si en trabajos anteriores las piezas de Lidó se interpretaban como pequeñas protuberancias emergentes, signos que sobresalían sutilmente desde el muro, casi como bajorrelieves, estas piezas nuevas saltan drásticamente al encuentro del espectador en recorridos diagonales y sentidos igualmente quebradizos de marcada tridimensionalidad. Da la impresión que Lidó subvierte a su manera ese canon renacentista de contemplación que destruyeron las vanguardias y al que hacía alusión al principio de este comentario, el de la frontalidad, el que nos fuerza a posicionarnos frente a la obra como si de una ventana albertiana se tratase y a sentirnos amenazados por esos seres fulgurantes que parecen salir despedidos desde el muro. Esa es la trampa de Lidó Rico con la que nos asalta y nos perturba, nos sorprende y nos asusta. El suyo es un recurso escénico de gran solvencia dramática. Recuerdo esa piragua tan reciente, Explorer 515-516, escupida violentamente por el muro. Tras esa aparente normalidad del motivo, la banalidad del tema, una piragüista en su esfuerzo tremendo por avanzar velozmente, se esconde una trama atormentada, algo que ya comienza a advertirse en el rostro del personaje.

Locutorios. Lugares fríos, lúgubres. Surgidos de manera paralela al fenómeno de la inmigración, los locutorios son espacios desde los que establecer comunicación a buen precio con familiares o amigos en los lugares de origen. Muchos de ellos se han convertido en punto de reunión de las diversas comunidades pero muchos de ellos, al mismo tiempo, son la opción desesperada, la urgencia por hablar con alguien, la necesidad. Los locutorios pronto se convierten en sinónimo de soledad y adquieren en muchos casos connotaciones violentas en tanto que sitúan al sujeto en una experiencia límite. Lidó Rico incide en la figura del teléfono, directamente ligada al locutorio, describiéndolo como una prolongación indivisible de nuestro propio cuerpo, una prótesis, una articulación más. El artista considera la comunicación, o en este caso su imposibilidad, como uno de los síntomas más evidentes de la alienación humana. Al mismo tiempo hablar por teléfono no es sino una de las experiencias cotidianas más lógicas. En este sentido, el teléfono es una herramienta básica en el vocabulario de Lidó, un arma certera y eficaz.

Hay asimismo, en Locutorios, en algunas de las piezas de cabinas o vitrinas, una inclinación hacia la uniformidad del colectivo humano, hacia un paisaje objetivo, neutro, un ente ambiguo en el que nada sobresale ni llama excesivamente la atención. Algunas de las obras del artista están compuestas por calaveras, un elemento recurrente en su producción última. Calaveras que implican una interpretación del ser humano desde el prisma de lo siniestro. Una de ellas en concreto, Mis cinco pequeños, un conjunto de calaveras encerrado en una vitrina, ante la mirada huidiza y temerosa de la máscara, de las que cinco de ellas destacan por su condición cromática. Lidó Rico plantea una progresiva disolución de la identidad, la pérdida paulatina de la subjetividad ante el terror del individuo. Las calaveras, en una escala ínfima, aparecen serializadas, como seres mudos en su más absoluta irrelevancia, silenciosamente alineadas en clara alusión a la estrategia minimalista primera: la negación de estilo alguno. Una multiplicidad que remite a esa carencia de distinción, a la desaparición de lo individual en pos de la pertenencia a una suerte de masa colectiva informe. En definitiva, observamos el alejamiento del hombre con respecto de sí mismo. Y la ansiedad que todo ello genera. Porque la soledad puede producir los efectos más insospechados.

De forma paralela a esta progresiva disolución de la subjetividad, se aprecia la relevancia adquirida por ciertas dinámicas objetuales. Muchos de estos objetos, como los teléfonos ya mencionados actúan como una máscara tras la que se esconde el rostro. Del mismo modo, en muchas piezas éste aparece cubierto por un conjunto de formas de orden geométrico que parecen solaparse y amontonarse ocultando al personaje. Es el caso de las piezas de la serie Testigo protegido en las que parece comenzar a atisbarse la negación absoluta del sujeto. ¿Es éste el estadio final al que han llegado los personajes del artista?, ¿Es ésta la culminación de este patético y desolador proceso? La sensación dramática de muchos de estos trabajos no esconde nunca la ironía como instrumento básico en la creación de Lidó Rico. La que permite plantear esos juegos de ocultamiento y sorpresa, crear esos espacios donde se gestan, en su invisibilidad, metáforas y tramas poéticas a veces corrosivas pero siempre certeras.