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EX-CULTURA.

Se ha hablado, escrito, discutido, y todos los etcéteras accionales, del fin de la Historia (Fukuyama), del fin del Arte (Danto), de la deconstrucción (Derrida), de la caída del muro del pensamiento “fuerte”, abatido por el agotamiento de un sistema esclerotizado por la rigidez de sus normas, ajeno a la realidad plural de un mundo sin barreras. Se ha pontificado en contra del dogma hasta convertir lo contrario en lo mismo. Se ha creado un nuevo sistema en apariencia el paradigma de la transigencia cuya principal manifestación queda recogida en la teoría, y práctica, de lo “políticamente correcto” (contradicción, sino absoluta si proclive a la aceptación de situaciones aberrantes), y se han creado nuevas formas de marginación desde el “deseo” de
sacar del pozo lo hasta ahora marginal.

Se crítica, persigue y arroja lo que, por salirse de la corriente y buscar nuevos cauces menos contaminados, se considera inmóvil,
ajeno y pasado; lo que no “progresa adecuadamente” según las nuevas normas (normas, al fin y al cabo, que han sustituido con más “fuerza” a las anteriores, y que consideran réprobos a los que no las aceptan en parte o en su totalidad).

Se incurre continuamente en contradicción, pero no en la contradicción que podría considerarse derecho “imprescriptible”, inherente a la naturaleza humana, sino en la que pretende cambiar lo rígido por lo rígido, aunque –eso sí- con la apariencia de suave “lana virgen”, o de bofetada a las conciencias dormidas.
No obstante, el cambio es necesario, el reconocimiento y aceptación de las otras realidades (la propia aceptación ya implica el reconocimiento de la superioridad del que acepta, y de la contradicción del nuevo “sistema”), imprescindible para cumplir con la obligación de incrementar el conocimiento, para el enriquecimiento personal que, en última y primera instancia siempre queda reducido a la incuestionable soledad del ser frente a sí mismo.
Pero, ¿en la necesidad del cambio no estaremos buscando el espejo que devuelva la imagen que ya conocemos, eso sí, revestida de modernidad? La construcción de lo nuevo sobre los despojos del pasado, no es más que el mantenimiento de la línea derecha e incorrupta de la tradición reflexiva (método útil para que todo siga igual… salvando las apariencias).

Cambio y evolución se confunden en un sincopado ritmo de intereses (disfrazado, las más de las veces, con asincopadas disonancias de estruendosa apariencia y contenido huero), divagando, para hacer más difícil el seguimiento, en sinuosidades conceptuales convertidas en remedo de verdades no absolutas, porque lo absoluto está fuera del circuito y no conviene “resucitarlo”, aunque, la supuesta, realidad se empeñe en demostrar lo contrario con el resurgimiento y extensión de la radicalidad en las ideologías.

Cambio y evolución, sinónimos de comprensión; olvidan –los que hacen de ellos bandera de enganche para seguir las mismas pautas- lo fundamental para el arte, y para cualquier otra manifestación, lo que sirve de base para su razón de ser: la respuesta dada en el tiempo y para el tiempo en el que se produce, eludiendo la trampa de la reflexión al uso y de todas las fortificaciones tras las cuales defiende sus prerrogativas (prorrogadas y fortalecidas con cada nuevo ataque, con cada demolición de las torres de retaguardia y la reutilización de los escombros para construir otras “nuevas”) sin el mínimo pudor y con ruidosos golpes en los pectorales.

Responder al tiempo no es adaptarse a las circunstancias, o buscar en ellas la justificación de la pertenencia al sistema (es frecuente eludir la responsabilidad de la propia acción, o de la no-acción cuando el inmovilismo se coloca el frac de la intransigencia, achacando a la sociedad, al ambiente, al cambio climático ahora, un carácter deglutidor, antropofágico, al cual hay que adaptarse si no se quiere ver vomitado el cráneo propio desprovisto de ideas, vacío de contenido y de sustancia).

Responder al tiempo precisa del sano ejercicio de la irreflexión, del no sistema que no busca crear otro sistema, porque es en la orfandad de prejuicios y presiones donde encuentra su razón de ser y el soplo próximo de la libertad.
Al tiempo se responde cuando no importa el tiempo regulado, cuando deja de ser rentable y pasa a ser vivido, cuando deja de estar al servicio “de la causa” y se convierte en efecto, en actuación continua que admite la contradicción como respuesta al momento superado. El tiempo respondido y respuesta es irreflexivo, porque es en la irreflexión donde encuentra las “herramientas” que le permiten escapar de la cárcel del pensamiento reglado, amansado, sometido aún en sus más disparatadas manifestaciones, asimilado en aras de la reflexión lógica, ideológica, religiosa, econó- mica o anarcoide.

Y es, tomando este punto de partida, que bien podría ser de llegada, desde el que puede empezar a plantearse el “fin” de la cultura/ sustento del sistema que se autorregula, destruye y construye sobre los cadáveres de las victimas inmoladas a su insaciable apetito; y también, el inicio de la aproximación a la obra de José Ramón Lidó Rico.

La cultura, tal como se entiende, ha perdido su razón de ser inicial –si es que alguna vez la ha tenido- desviándose hacia un sistema cerrado de autoconsumo en el que el producto siempre es el mismo, aunque la apariencia lo muestre distinto. La cultura, mejor sería decir sus manifestaciones, y así lo haremos, puede aparentar novedad y respuesta si se contempla desde el ambón reflexivo, en el cual es fácil pontificar y cambiar el color de las cosas, de los conceptos –suprema manifestación de la impotencia para llegar al conocimiento según la necesidad. Cabe repetir que cambiarlo todo para que nada cambie es elverdadero axioma en este campo, en el cual crecen y se desarrollan los esquemas mentales.

Esquemas y cultura, fáciles asideros donde agarrarse para crear la ficción de seguridad; el punto de apoyo –inestable por estar situado en una pendiente- sobre el que se levanta el edificio de la teoría y la practica habitual que permite andar en la penumbra con la ilusión de estar iluminados con la potente luz del sol de mediodía. La teoría, y la subsiguiente práctica, hacen presuponer la existencia de un camino plagado de encrucijadas que obligan al cambio, que enriquecen en la variedad de propuestas, haciendo olvidar que la vía principal es única y que todas las propuestas/desvíos vuelven a ella y se integran en el ritmo circulatorio común. Pero, ¿sólo existe una vía?

El origen de la cultura –en una versión a la que le da igual alejarse o acercarse a la antropología- está en el miedo, en la inquietud
que provoca lo que rodea y no se comprende y en la capacidad del ser humano para hacer preguntas… y consolarse con el engaño de sus propias respuestas.
El miedo es factor imperativo que obliga a la búsqueda de la seguridad, a la construcción de ritos convertidos en esquemas grabados en la mente colectiva e individual a fuego, provocando la contradicción –no considerada como tal- de la conservación y del rechazo del pasado. Si interesa, por fines espurios de poder, se defiende numantinamente, y sobre sus escombros se levantan altas torres de intereses; si molesta, se aparta con desprecio en aras del progresismo, del miedo, en suma, a dejar de ser oficiante en la ceremonia del poder.

El temor a la oscuridad de la ignorancia –y seguimos hablando de orígenes- obliga a encender luces utilizando los cráneos de los
antepasados como lámparas. El paisaje así iluminado es fantasmagórico, mistérico, con zonas en sombras que tratan de ser despejadas con el invento de la cultura. Nada es más engañoso que la sombra que quiere ser luz, ni nada más falso que lo que se erige en verdad… a la fuerza.
Los esquemas así surgidos –tradiciones, constumbres, cuentos, mitos, religiones, festejos y otros- y guardados celosamente en lugares idóneos, custodiados y defendidos hasta perder la vida por ellos, no son más que frenos, rémoras de aviesas intenciones dirigidas desde su ignorancia –reflexión- por los que controlan la ignorancia –reflexiones- de los demás, haciéndoles creer en la permanencia y en la ruptura y, por lo tanto, en la evolución. Pero, las preguntas siguen siendo las mismas, el miedo permanece pegado al ser humano como la sombra al cuerpo.

Lidó Rico plantea la cuestión del espejo –y aquí si podemos hablar de conclusión abierta, del concepto de la intervención- que devuelve la imagen que los demás tienen de nosotros y asume el papel de referencia, de cultura, y trata de superarla con el no espejo –el no reflejo- en el que queda impresa la sombra de la persona enfrentada a él, aislada, libre, sin los añadidos del tiempo. Es una extrapolación del mito de la caverna, pero ahora desprovista de la necesidad del revestimiento, de la “invención” de la realidad, porque es nuestra realidad, nuestra individualidad, la que queda impresa transitoriamente, por lo que cada vez que nos asomemos al no espejo veremos nuestra sombra renovada, sin las capas que la cultura utiliza para mantener su dominio:
el miedo a encontrar vacío el pasado, que obliga a la creación de una cadena sin fin, a una espiral en la que todos sus elementos son comensales y comida, y todos los pensamientos contenidos son el mismo pensamiento.

Este círculo vicioso, espiral convertida en vorágine de despropósitos argumentados “reflexivamente” con cráneos de mayor tamaño, es el que le sirve de pretexto para intervenir el espacio expositivo de la Fundación José García Jiménez, en una prolongación de lo inserto en el Museo de Bellas Artes, que deja sin aclarar cuál es el orden, cuál es el principio de la lectura de un discurso aparentemente sometido a las reglas, pero dispuesto a romper con ellas al poner en evidencia la ficción de seguridad, de realidad plasmada en los reflejos cuando es nuestra sombra la que queda retenida en el no-espejo.

Cuanto se va más allá de la cultura, la lejanía permite contemplar la muerte de la que se nutre, el miedo que obliga a aferrarse a ella a sabiendas que no es solución lo que encontramos sino continuidad en el engaño, perpetuación del sistema reflexivo que se fía de la mirada y sistematiza sin reparo –incluye en el método/modelo- todo lo que considere que es cultura, la apariencia inclusive; porque es apariencia –aparato ceremonial que exige las mejores galas para ocultar lo real: el hueso desnudo- lo ofrecido y conservado en los relicarios del tiempo.
Si nos adentramos, siguiendo el hilo de la apariencia, en el segundo significado del irreflexivo título “Ex – cultura”, pronto vemos como Lidó Rico juega con las palabras y con su obra para mostrar la confusión en la que vive el arte y su contendora, la cultura. Y es el MUBAM el lugar idóneo, al ser punto de encuentro de distintos pasados y espejo en el que nos miramos para reafirmar nuestra identidad (sin olvidar que el método, la clasificación, datación, valoración, etc., es la razón de ser de esta institución).

La intervención del suelo de una sala con miles de pequeños cráneos que componen las dos palabras del título, es una pista para el descubrimiento del auténtico significado de toda la propuesta, inclusive lo ambiguo del sonido resultante de la lectura apresurada y la pronunciación incorrecta: “escultura”. Y esa es la apariencia pero no la verdad.

Lidó, y si se llega a la raíz del proceso de inmersión no son necesarias las aclaraciones, ofrece piezas que semejan esculturas sin serlo. La forma, la tridimensionalidad del objeto, el aislamiento o la composición inducen al error, a catalogar para preservar
el discurrir del fluido creativo/cultural por el cauce adecuado, el de lo reconocido y asenta- do en la tradición, en las osamentas cubiertas de carne doliente, de tensión gestual y gritos de socorro, para hacer ver que no son, a los que sólo responde el luminoso con la palabra IRREFLEXIÓN.